Ovejas y cabras

En condiciones naturales, las ovejas y las cabras viven en los pastizales de zonas montañosas aisladas, y pasan la mayor parte de sus vidas pastoreando en los distintos paisajes que conforman su hábitat. Durante sus recorridos por las colinas pobladas de rica vegetación, una gran variedad de paisajes, olores, sonidos y sabores estimulan sus sentidos, y son guiadas por su deseo de beber las aguas frescas de los riachuelos. Tanto las ovejas como las cabras han evolucionado con un fuerte instinto de vivir en rebaños. Esto se hace patente en el hecho de que los individuos que se quedan solos pierden rápidamente el interés en pastorear y se debilitan. Es posible, de hecho, encontrar el origen de todas las tendencias de estos animales en su comportamiento social sumamente gregario.

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Al igual que el ganado, las ovejas y las cabras son rumiantes. Pastorean hasta 10 horas por día y pasan una cantidad igual de tiempo rumiando lo que han consumido. En este proceso digestivo, el material compuesto por las plantas fibrosas que comieron se almacena en el rumen, una de las cavidades de su estómago, donde se fermenta por acción bacteriana y luego se regurgita periódicamente para ser masticado de nuevo. Mientras rumian, las ovejas y cabras se acicalan a sí mismas y entre sí, y se muestran muy relajadas.

A pesar de que las ovejas y las cabras son animales básicamente indefensos, cuentan con muchas adaptaciones físicas que les ayudan a evadir a sus predadores. La amplia separación entre los ojos en combinación con sus pupilas rectangulares les confieren una visión periférica excepcional. Con tan solo un leve movimiento de la cabeza pueden detectar a algún predador potencial en la distancia sin llamar su atención. Se comunican a través de vocalizaciones graves, y mueven sus orejas para identificar la fuente y localización de un sonido. Ninguno de sus agudos sentidos les es más vital para su sobrevivencia que su excelente olfato. Su potente sentido del olfato es una herramienta de sobrevivencia esencial, ya sea al buscar alimentos, detectar el olor de un posible predador, identificar a las hembras en celo o reconocer a sus crías entre muchas otras con la misma apariencia.

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Ovejas es un término genérico que incluye tanto a las hembras como a los machos (carneros) y a sus crías (corderos). De igual forma, el término cabras incluye a las hembras, a los machos y a las crías (cabritos). Cuando los días se acortan hacia finales del otoño, la hembra comienza a secretar grandes cantidades de melatonina, la hormona responsable de que se inicie el ciclo reproductivo. Tras el apareo, la gestación dura cinco meses. Al final de esta, un fuerte instinto empuja a la hembra a apartarse del rebaño. A los pocos minutos del parto, la hembra acaricia delicadamente a su bebé con el hocico y lo lame cuidadosamente hasta que esté limpio y seco. A través de gestos con sus labios y su nariz, ambos muy sensibles, el bebé da muestras de su deseo de amamantarse. Llegado el momento oportuno, la hembra lo empujará gentilmente con su cabeza para ayudarle a ponerse en pie por primera vez. Los corderos y los cabritos alternan ratos de juego y socialización con la observación cuidadosa de sus madres, de quienes aprenden a conocer su entorno y cómo sobrevivir.

En las granjas industriales se confina a las ovejas y a las cabras en potreros cercados y se las hacina en corrales de engorde. A diferencia de sus parientes silvestres, nunca llegan a disfrutar los largos recorridos en plena libertad a través de paisajes diversos. Las ovejas y las cabras domésticas han sido sometidas durante muchos años a un proceso de selección sistemática en el que se da énfasis a eliminar los instintos de sobrevivencia y favorecer un crecimiento más rápido, lana más gruesa y mayor producción de leche. En las últimas décadas ha crecido el mercado mundial de estos productos a pesar de que el consumo total está disminuyendo. Con el fin de aventajar a las naciones en desarrollo, los productores de los Estados Unidos y del Reino Unido están recurriendo a la ciencia.

La manipulación del ambiente de los animales con el fin de garantizar las ganancias se ha vuelto una práctica común en años recientes. Con el fin de abastecer la gran demanda de carne durante la primavera, la industria ovina obliga a las ovejas a parir en invierno. Se recluye a las ovejas bajo techo en condiciones de luz regulada artificialmente con el objetivo de revertir sus hábitos naturales de apareamiento, los cuales se estimulan con la exposición a la luz solar. Conforme se aumenta gradualmente la intensidad de la luz artificial, las ovejas empiezan a secretar mayores concentraciones de melatonina. A muchas ovejas también se les dan hormonas que estimulan el celo fuera de temporada. [1]

A las ovejas también se las somete a un proceso de selección genética cuyo objetivo es desarrollar razas especiales que producen cantidades anormales de lana. El trasquilado de las ovejas es un procedimiento mucho más traumático de lo que la mayoría de la gente piensa. Se ha documentado muy bien que la inmovilización de la oveja junto con la presión y el calor producidos por las tijeras provocan un aumento significativo de los niveles de cortisol; el principal indicador del miedo. A diferencia de otros procedimientos, el trasquilado produce gran ansiedad y estrés en estos animales cada vez que se realiza.

Las ovejas que se crían para lana y para carne sufren también diversas mutilaciones dolorosas. Algunas de estas prácticas tienen como fin reducir el riesgo de infestación con moscas, las cuales depositan sus huevos en los excrementos que quedan adheridos en la parte trasera o perianal del animal. Una vez que las larvas emergen del huevo, pueden penetrar en el cuerpo de la oveja y causarle una muerte dolorosa. Los criadores de ovinos a escala industrial han intentado resolver este problema a través de varias prácticas crueles. En los Estados Unidos se corta el rabo a más del 90 % de los corderos a muy temprana edad.[2] Esta es una práctica común que se considera necesaria para evitar que los excrementos se acumulen en la lana. En muchos casos, a los corderos se les corta demasiado el rabo lo que provoca que los músculos adyacentes se debiliten. Esto causa un prolapso rectal; es decir, que el recto se salga por el ano.

Se castra a la mayoría de los corderos macho con el propósito de eliminar el riesgo de apareamientos no programados y para atenuar su comportamiento natural.[2] La castración se realiza sin anestesia con el empleo de un bisturí común o de una variedad de instrumentos similares a las tijeras. A veces se les coloca un anillo de goma muy ajustado en el escroto lo que causa la caída de los testículos pasados algunos días.

Cerca del 20% de los corderos no sobrevive hasta el destete por diversas razones.[2] A los que sobreviven se les da muerte cuando alcanzan entre tres y 15 meses de vida. A aquellas ovejas, tanto hembras como machos, que presenten características deseables se les permite vivir durante muchos años durante los cuales se aparean numerosas veces antes de enviárselas al matadero.

A las cabras hembra se las somete a despiadados ciclos de inseminación, parto y ordeño, y cada año que pasa la producción de leche de cabra se industrializa cada vez más en los Estados Unidos. Después de que la hembra da a luz solo se le permite amamantar a su cría una vez antes de que se la arrebaten y sea criada para “carne”. Cuando alcanzan una semana de edad, se les queman sus incipientes cuernos con un instrumento descornador incandescente, quedando solo unos muñones. Cuando la hembra deja de producir cantidades lucrativas de leche, se la envía al matadero.

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El transporte de las ovejas y de las cabras al matadero es, posiblemente, la experiencia más traumática por la que atraviesan durante sus breves vidas. Se las sube de una en una en grandes camiones donde se apretujan entre sí con gran temor mientras transcurren las últimas horas de sus vidas. La legislación vigente permite a los transportistas viajar hasta 28 horas seguidas sin descansos. En el caso de las ovejas, este periodo se extiende a 36 si las 28 horas acaban durante la noche. La multa por infringir esta ley es de tan solo $100 a $500.[3] Durante todo ese tiempo los animales están privados de agua y alimentos. Durante su viaje, las ovejas y las cabras experimentan una multitud de sonidos y olores desconocidos, y es común que el transporte se haga bajo condiciones climáticas extremas.

Cuando las ovejas y las cabras llegan a los mataderos, se las baja de los camiones y se las pesa, luego se las coloca en una manga de inmovilización. Se supone que se debe aturdir a cada animal antes de dársele muerte. El objetivo es penetrar el cerebro del animal sin dañar el tronco encefálico. Si el tronco encefálico se cercenara, el corazón dejaría de bombear sangre y el animal no se desangraría tan rápidamente como se desea o no lo haría totalmente. La pistola de proyectil cautivo es la herramienta que se utiliza más comúnmente para este procedimiento. La pistola se coloca firmemente sobre la frente del animal y se dispara. Un proyectil puntiagudo penetra el cerebro y le provoca al animal espasmos incontrolables y un posterior colapso. Tras colocárseles un gancho en una de sus patas traseras, se eleva y cuelga a las ovejas y a las cabras, y se les hace un corte desde el estómago hasta el cuello para que se desangren. En muchos casos, los animales recobran la conciencia al no haber sido aturdidos adecuadamente.

A pesar de que durante los últimos años el consumo de carne de oveja y de cabra ha experimentado un descenso constante, el año anterior se dio muerte a 2,7 millones de ovejas y a cerca de un millón de cabras para consumir su carne, solo en los Estados Unidos.[4]

Las ovejas y las cabras no son los únicos animales que sufren las consecuencias negativas de la domesticación. Todos los años se mata a un número cada vez mayor de animales salvajes con el fin de proteger a los animales criados para el consumo humano. Bajo el eufemístico nombre de “Servicios de Vida Silvestre”, el gobierno de los Estados Unidos subsidia cacerías masivas para erradicar a los predadores nativos que habitan los bosques y praderas contiguos a las granjas. En un estudio reciente publicado por la organización Wildlife Conservation Society, se concluye que el declive de la industria cárnica no se debe a un conflicto con la vida silvestre sino al derrumbe de la demanda de sus productos. En un solo año se aniquiló a más de 268,000 predadores nativos, en cuenta coyotes, osos, lobos, gatos monteses y pumas.[5] Estos predadores son un componente clave e invaluable de los ecosistemas locales, en los que juegan un papel integral para mantener el balance de otras poblaciones de animales.

Las granjas industriales operan en función de la teoría del cuidado mínimo de cada animal individual. En todas las etapas del proceso, se manipula, se suprime y se ignora la verdadera naturaleza del animal en un afán de reducir los costos y maximizar las ganancias. La producción de “carne”, leche y lana al menor costo posible acarrea muchas consecuencias devastadoras para los animales. Se ignoran por completo millones de años de evolución e innumerables adaptaciones porque estas reducirían la eficiencia de la producción. Oponerse a estas injusticias y actuar compasivamente al elegir un estilo de vida vegano es una decisión que nos corresponde tomar a cada persona individualmente.

Referencias:

[1] http://www.ansci.wisc.edu/Extension-New%20copy/sheep/Publications_and_Proceedings/Pdf/Reproduction/Hormonal%20control%20of%20ewe%20reproduction.pdf

[2] http://www.sheep101.info/201/

[3] http://www.law.cornell.edu/uscode/49/usc_sec_49_00080502—-000-.html

[4] Retrieved 8/22/2017 from https://www.law.cornell.edu/uscode/text/49/80502

[5] http://www.sciencedaily.com/releases/2006/03/060317111707.htm

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